23. Pepe y los corazones de piedra

—Mamá, papá… voy a dar un paseo por la playa. Prometo no irme muy lejos –Pepe estaba entusiasmado. La brisa y el aire cálido y salado vigorizaban su cuerpo, y quería absorber intensamente toda la belleza a su alrededor.

Pepe y su familia habían ido a Playa Arena a pasar un fin de semana largo, uno de sus destinos vacacionales favoritos. En cuanto se instalaron en la playa con sillas y una gran sombrilla, Pepe estaba listo para la aventura. El sol brillaba, las gaviotas cantaban, las olas del mar bailaban… ¡El día prometía ser muy bueno!

—¡Bien! Sin embargo, no se te olvide permanecer a la vista —respondió el padre de Pepe sonriendo mientras se ponía mucha crema solar en los brazos y la cara.

Pepe empezó a caminar por la orilla del mar, sus pies jugando con la espuma. De repente oyó un alboroto y notó a un grupo de niños destruyendo un castillo de arena que otros habían construido… un grupo de niños lloraba y uno de los matones se burlaba. El corazón de Pepe se entristeció. 

Continuó su paseo y se fijó en otros niños que pudo reconocer como alumnos de su misma escuela. Ellos hablaban mientras jugaban dentro el agua. Sus voces eran muy fuertes y aterradoras… ¡estaban chismeando con mentiras sobre amigos que él conocía bien!

—¿Qué sucede? –pensó Pepe. La brisa cálida jugaba con su pelo distrayendo un poco sus pensamientos, por lo que decidió continuar su exploración–. El día es demasiado bonito para prestar atención a tanta fealdad –se dijo.

Al seguir caminando, vio a otro grupo de niños jugando con una bola y decidió sonreírles y saludarles. Pensó que tal vez lo invitarían a participar pero, para su sorpresa, únicamente lo miraron con ojos fríos e indiferentes y se dieron la vuelta ignorándolo por completo.

Las cosas no mejoraron cuando Pepe escuchó a dos chicos que estaban cerca de él tramando planes malvados en secreto, y no mucho después, escuchó a un grupo de adolescentes usando muy malas palabras en su conversación. Era obvio para Pepe que los adolescentes sólo estaban envidiando las tablas de surf de otro grupo.

El ánimo de Pepe se hundió. Sintió que no podía seguir caminando. ¡Había presenciado demasiada maldad e indiferencia en poco tiempo!

—¡Hola, Pepe! –la voz alegre de Tom sonó en sus oídos como agua en el desierto, como música tranquilizadora para su alma.

—¿Este lugar se llama Playa Arena, o más, bien Playa Piedra? –gritó Pepe en voz alta, frustrado.

—Oh là là –exclamó Béatrice con tristeza al notar que Pepe estaba afligido.

—¿Oh-là qué? –Pepe hizo una cara de confundido.

–Oh là là… o… ¡ay, no! –explicó Béatrice con compasión.

La amistad y el amor de Tom y Béatrice calmaron a Pepe.

—Lo siento mucho… –Pepe se rascó la cabeza–. Es que acabo de ver a muchos corazones de piedra.

¡Zas! Los tres mosqueteros aparecieron con gorras de playa.

—¡Estoy listo para ir a nadar! –exclamó Jesús–. ¿Quién quiere acompañarme? –Su entusiasmo era tan grande que resultaba contagioso.

Aunque Tom y Béatrice estaban ansiosos por unirse a Él en el agua, Béatrice se acercó a Jesús y le susurró al oído: —Perdoná que te interrumpa, pero tenemos una situación especial aquí… Pepe no está bien…

—Lo sé –dijo Jesús con ternura–, por eso estamos aquí ahora–. Luego se volvió hacia Pepe y lo miró a los ojos con mucho amor:  —“Todos nacen de padres humanos; pero los hijos de Dios sólo nacen del Espíritu”.  [Juan 3:6]

El Padre se dirigió a los tres niños: —“Tienen que dejar que el Espíritu cambie su forma de pensar y los convierta en una persona nueva” [Efesios 4:23-24]. Por eso saber escuchar, y someterse al Espíritu, es muy importante hijos–. El Padre hizo una pausa para que sus palabras se establecieran hondo en sus mentes y corazones–. Aunque la obra redentora de Jesús en la cruz es para todos, no todos aceptan ese regalo de amor que da vida al ser humano… –El Padre se puso muy triste.

—Amados nuestros –intervino el Espíritu Santo con expresión seria–, recuerden que “las personas buenas sacan cosas buenas de su corazón, pero las personas malas sacan cosas malas de su corazón”. [Mateo 12:35]

Después de un momento de silencio, Tom dijo pensativo: —Supongo, entonces, que tendremos que orar mucho por las personas con corazones de piedra… para que sus corazones se transformen…

—Ajá –dijeron los Tres Mosqueteros al mismo tiempo.

—Pero ¿por cuánto tiempo tendremos que vivir con gente que tiene el corazón de piedra? ¡Ellos hacen que el mundo sea realmente feo! –se quejó Pepe.

—Ay, ¡nosotros también los queremos a ellos! –una lágrima de tristeza salió de uno de los ojos de Jesús.

—Jesús, no llorés por favor… –Béatrice trató de consolarlo.

—Pero un día –continuó Jesús–, como hablé hace mucho tiempo por medio del profeta Jeremías, “Jerusalén será llamada el trono del Señor; todas las naciones se reunirán allí para honrarme, y no volverán a seguir tercamente las malas inclinaciones de su corazón. [Jeremías 3:17]  

—¡Hurra! –exclamaron Pepe, Béatrice y Tom, mientras saltaban de alegría.

—Y ahora… –el rostro de Jesús volvió a estar radiante de gozo–, ¿quién quiere ir a nadar en el mar?

—¡Yo! —los tres niños respondieron muy emocionados y siguieron a Jesús al agua.

El Padre y el Espíritu Santo sonrieron y buscaron un lugar para sentarse en la arena. Mientras disfrutaban del momento, el Espíritu Santo susurró a la brisa para quien pudiera entenderlo: —”Muchos serán purificados y perfeccionados, y quedarán limpios, pero los malvados seguirán en su maldad. Ninguno de ellos entenderá nada, pero los sabios lo entenderán todo”. [Daniel 12:10]

Citas bíblicas relacionadas con el cuento:
Ezequiel 36: 26-27
Tito 2: 14

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