7. Pepe el juez

—… y Dios, perdoname por todos mis pecados, amén –Pepe terminó su oración antes de dormirse. Sus padres le dieron las buenas noches y lo besaron, apagaron la luz y salieron del cuarto.

—Pero –Pepe abrió los ojos–, castigá a Alfredo por ser tan matón en la escuela, siempre hiere a la gente con sus palabras, o roba, o hace bromas feas. Castigá al entrenador Maloni pues es muy arrogante, se cree el mejor y nunca saluda. Castigá a Jacobella, la niña nueva en la escuela, pues se saca los mocos y además todavía no puede pronunciar bien las palabras… ¡tenemos que hacer un gran esfuerzo para entenderle!

De repente, su cuerpo se puso muy tenso y un sabor amargo se le vino a la boca, y ya no pudo dormir. Quería venganza. Estaba enojado. Se volteó y volteó en la cama hasta que…

—Entonces, Pepe… ¿ahora sos el juez? –los Tres Mosqueteros aparecieron–. ¿Cómo pretendés que te perdone si vos no podés perdonar a otros? –susurró Dios.

—Pero, pero… –fue lo único que Pepe pudo decir.

—Mirá Pepe, las ofensas vienen y van pues son parte de este mundo, así que tenés dos opciones –dijo Jesús–. No perdonar y destruirte emocional y físicamente con sentimientos de odio, venganza, rencor, y enojo. Esto te aislará de otros: entre más vivás con dichos sentimientos, menos personas querrán estar cerca de vos. O, podés escoger el perdonar y así llegar a experimentar una gran paz, gozo, y satisfacción. Y además, así serás un imán para familiares y amigos, pues las personas querrán estar siempre cerca de vos.

El Padre le trasmitió a Pepe, a través del Espíritu Santo, otras ideas para reflexionar: —La gente tiende a culpar a otros y no ve sus propios errores. El juicio de Dios es siempre perfecto y puro.

—¡Me siento como todo un malo, como un bandido del Lejano Oeste! –Pepe gritó enojado.

—Si odiás en tu corazón, Pepe, entonces sos un asesino en tu corazón –murmuró el Espíritu Santo.

—¡Pero Alfredo me pegó sin ningún motivo el otro día! –gimió Pepe.

—Bueno, el perdonar no significa que de repente te convertirás en su mejor amigo –le dijo Jesús.

—Pero si querés vivir bien y feliz, Pepe, te recomiendo que perdonés siempre e inmediatamente –añadió el Padre–. El perdonar te ayuda a sanar heridas.

—No estoy lesionado –protestó Pepe.

—¿No lo estás? –Jesús sonrió con mucho amor.

—El Espíritu Santo llenó el corazón de Pepe: —El perdonar será la cosa más semejante a Dios que harás en toda tu vida.

—Lo siento. Tienen razón. Tengo que amar más –habló Pepe–. Jesús, ¡gracias por lo que hiciste por mí! Me imagino que fue terriblemente doloroso morir en la cruz, ¡ni quiero pensar en eso!

De repente, Pepe se sintió tan liviano como una nube, y un sentimiento tibio y calmante se apoderó de su cuerpo y mente.

—El perdonar es realmente algo maravilloso –se dijo Pepe así mismo. Luego empezó a balbucear la canción sobre un pato que había oido a Jacobella cantar en portugués: —O pato, quém, quém, quém, quém, quém…

Después de varios y melodiosos “cuacs”, Pepe se durmió profundamente y lleno de paz.

Este cuento se basa en ideas de la Biblia:
Efesios 4:32
Colosenses 3:14
Mateo 5:44

 

 

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