2. Pepe pierde la paciencia

—¡Ya no aguanto más! –se quejó Pepe dentro de sí mismo–. ¿Cuándo tendrá papá trabajo de nuevo? ¿Cuándo podré tener los tenis rojos que quiero? ¿Cuándo se me irá a quitar esta tos que tengo desde hace días? ¿Cuándo irá a germinar el frijol que puse en el frasco de vidrio en la escuela? ¡Ay! Yo quiero que todo esto suceda… ¡ahora!

Pepe no estaba teniendo un buen día. Se había estado haciendo estas preguntas por varios días y se sentía cansado, preocupado, triste, ansioso, irritado.

—Pepe, no se te olviden tus meriendas. No puedo creer que las dejaste aquí ayer. Te apuesto que no querés pasar otro día de hambre –le recordó su madre.

Pepe corrió a tomar el bus de la escuela, y en la escuela no pudo concentrarse en la clase. Durante el recreo no quería jugar con sus amigos. Estaba solo, en una esquina, sintiéndose abrumado, cuando vio a Irene, una de sus compañeras. Ella siempre se veía tranquila. Entonces pensó que tal vez ella le podía ayudar.

—Hola, Irene… –balbuceó Pepe cuando Irene caminaba cerca él.

—¡Hola, Pepe! ¿Cómo estás? Ay, no te ves muy bien –notó Irene.

—Sí, es verdad, no me siento bien –respondió Pepe con su cabeza baja.

—¿Qué te pasa? –preguntó Irene.

Pepe le contó sobre sus inquietudes y las preocupaciones que lo habían estado afectando por varios días.

—Me parece que no tenés mucha paciencia, Pepe –le dijo Irene–. ¿No se te ha ocurrido llamar a los Tres Mosqueteros, a Dios quiero decir? Yo siempre lo hago…

—¿También has visto a los Tres Mosqueteros? –Pepe estaba sorprendido.

—Claro que sí –respondió ella–. Me gusta hablar especialmente con Jesús. Él es muy fácil de tratar…

—¡Finalmente alguien hace que escuchés nuestra voz, Pepe! –dijo el Espíritu Santo–. Te he estado tratando de tranquilizar por varios días, pero has estado tan preocupado que no me has oido.

—Oh… –fue lo único que Pepe pudo decir, y se preguntó si podía ser honesto con los Mosqueteros.

—¿Por qué las cosas en la vida no pueden suceder rápido? Tengo miedo de que pronto nos quedemos sin comida pues papá no tiene trabajo, o de que la maestra de ciencia me dé una mala nota porque mi frijol no quiere germinar. Tampoco he podido hablar o dormir mucho porque esta tos horrible (el doctor la llama bronquitis) no se me quita, y pueda ser que nunca llegue a tener esos súper tenis rojos que todos los niños tienen… ¡yo los quiero!

—¿Necesitás esos tenis, Pepe? –preguntó Jesús.

Tanto Pepe como Irene reflexionaron sobre la pregunta.

—Bueno… ah… no, no exactamente –dijo Pepe pensativamente–. ¡Pero sería buenísimo tenerlos!

—Mirá, Pepe –empezó a decir Jesús–, vos podés aprender mucho de esta amiga que tenés aquí.

—¿De Irene? –se volteó a verla.

—Sí, Irene –dijo Jesús–. Ella siempre confía en mí, y por eso, ella ha desarrollado una paciencia que sobrepasa cualquier entendimiento. Es por esa razón que siempre podés sentir tranquilidad cuando estás con Irene.

—¡Eso es más fácil decirlo que hacerlo! –protestó Pepe.

—Lo sé –dijo Jesús–. Y aunque confiar en mí y tener paciencia todo el tiempo es más fácil para unos que para otros, eso no significa que sea difícil de lograr.

—Con mi ayuda, por supuesto –intervino el Espíritu Santo.

—Exactamente –sonrió el Padre–. ¿Sabés una cosa, Pepe? Esto te va a hacer más fuerte, y te ayudará a crecer espiritualmente. Tratá de escuchar al Espíritu Santo, eso te ahorrará muchos dolores de cabeza. Y, ¡quién sabe!, tal vez algún día te convertirás en un súper héroe.

—Pero bueno, ya que ustedes están aquí, ¿podrían hacer que todo lo que yo necesito suceda ahora? –se quejó Pepe–. ¡Sé que son muy poderosos!

—¡No somos una varita mágica, Pepe! Pero, no te preocupés, tenemos todo controlado –respondieron los Tres Mosqueteros al mismo tiempo.

—Te queremos tanto que recibirás lo que es bueno para vos en el momento apropiado –le aseguró Jesús.

De repente, ¡puf!, los Tres Mosqueteros desaparecieron. Pero tanto Pepe como Irene sabían que todavía estaban allí aunque ya no los podían ver.

—¡Te lo dije! –se rió Irene–. ¡Son maravillosos!

—Me imagino que tengo mucho que aprender, ¿verdad Irene?. Pero no creo que llegue a ser igual que vos, no creo que lo pueda lograr… –gimió Pepe.

–Sí podés, eso dependrá de vos –Pepe oyó, dentro de sí mismo, al Espíritu Santo.

Este cuento se basa en ideas de la Biblia:
Santiago 1:2-3
Proverbios 25:15 
Juan 14:27

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